Posteado por: Puce | 17 de mayo de 2011

Atacama (I)

La semana después del viaje a Buenos Aires, aprovechando la visita española, decidimos ir a Atacama, el desierto más seco del planeta. A pesar de provenir de Tierra de Campos y, por tanto, vivir en un secarral, creo que es uno de los destinos más espectaculares que puede tener Chile, por el cambio respecto a cualquier territorio que hubiera visto antes.

Para empezar, el aeropuerto de Calama. Aquellos que tengáis miedo a volar: Tranquilos. Aquí si el piloto no apunta bien al aterrizar no pasa nada, la pista está en medio de la nada y es todo bastante llano, así que sin problema.

Bajamos del avión. Detrás de mí, colinas completamente peladas. Miro a la izquierda y a la derecha: Nada. ¿Delante? Un diminuto aeropuerto y un poco después la pequeña población de Calama.

Aeropuerto de Calama: La nada

Aeropuerto de Calama: La Nada

Cogimos nuestro transporte rumbo a San Pedro de Atacama, el pueblo donde teníamos nuestro alojamiento y desde el que salen las excursiones.

Cuando uno llega a San Pedro, siente que ha viajado atrás en el tiempo. Únicamente hay dos calles asfaltadas, todas las edificaciones son de una planta, muchas de ellas hechas de adobe… Completamente pintoresco.

San Pedro de Atacama

San Pedro de Atacama

En estos destinos, sobre todo si no se dispone de muchos días, lo mejor es contratar tours que enseñen los lugares más interesantes de la zona. Eso habíamos hecho, y al día siguiente nos tocó madrugar para ir a la primera: El Salar de Atacama y las Lagunas Altiplánicas.

En el Salar, cuando uno llega, se siente pequeño. No sé si es la extensión blanca que supone, las caprichosas formas que se generan en la sal cuando el agua se evapora, los colores del agua por su contenido en minerales o qué, pero a mí me gustó mucho. Caminando junto a las numerosas charcas que tiene el salar, se pueden ver flamencos y otras aves acuáticas. Se alimentan de unos diminutos crustáceos (Artemia salina) que pueden vivir en aguas salobres repletas de metales pesados y que a lo mejor alguno conoce como “Sea-monkeys”. Hace muchos, muchos años, también los vendían en el Club Megatrix… La artemia salina pone huevos que pueden sobrevivir en ausencia de agua, oxígeno y por debajo de los 0ºC durante años. Un portento de la supervivencia, vamos. De hecho, es la ingesta de estos crustáceos y los metales que contienen lo que da su color rosado a los flamencos, siendo los flamencos más “viejos” los más coloridos.

Salar de Atacama

Salar de Atacama, con flamencos al fondo

Tras el salar, el minibús nos fue llevando por las diferentes lagunas del altiplano de Atacama, alcanzando los 4500 metros de altitud. Yo siempre decía, “a mí eso no me va a pasar”, pero la altitud se nota. Es una sensación extraña, como si faltase el aire, combinada con un ligero mareo. Pero las vistas son espectaculares. Cada laguna tiene un color, pues son éstas tierras muy ricas en recursos minerales. Afortunadamente, están protegidas y apenas se extrae nada de ellas. Espero que siga así muchos años.

Panorámica_lagunas

Panorámica de una de las lagunas

Al volver visitamos un pueblo en el que intentaron convencernos para comprar algo de artesanía y en el que también pudimos ver una de las iglesias más antiguas de Chile. Además pudimos apreciar las aplicaciones de la madera de cactus. Tras esto, regresamos a San Pedro donde, tras un tentempié, decidimos acostarnos, pues al día siguiente (si es que se puede llamar así), nos teníamos que levantar a las 3 de la mañana.

Dicho y hecho, a las 4 de la mañana un nuevo minibús pasó a recogernos para llevarnos a los Géiseres del Tatio. El objetivo del madrugón es llegar allí antes del amanecer, momento del día en que están más activos, debido al cambio de temperatura. Al llegar, en medio de la oscuridad, nos dieron nuestro desayuno, un sandwich y un huevo cocido en el agua de los géiseres, y a esperar el nuevo día. Según va amaneciendo, se consigue un genial golpe de efecto: Poco a poco se empieza a vislumbrar todo el campo del Tatio, y es cuando parece que estamos en otro planeta, o quizá a las puertas del inframundo.

Geisers del Tatio

Amanece en el infierno

Columnas de vapor, chorros de agua hirviendo, pequeñas cavidades por todas partes en las que se ve el agua burbujear… Personalmente nunca había visto algo así. Paseamos por todo el campo, disfrutando del paisaje casi casi alienígena, y nos dirigimos a una terma en la que los más valientes se pueden bañar. Digo valientes porque la temperatura exterior era de unos 0ºC (alcanzando en invierno los -25ºC) y hay que quitarse las mil capas de ropa… Peero, en peores plazas he toreado, así que no me lo pensé dos veces y me di un buen baño. Lo peor, la salida 😀 (En la fotografía soy el loco con los brazos levantados, estoy diciendo “¡Saca la foto ya, que me congelo!!”)

Geisers del Tatio

Geisers del Tatio

¿Un bañito?

¿Un bañito?

Tras vencer a la hipotermia, nos dirigimos a la minúscula población de Machuca, en la que los locales nos esperaban preparando unas deliciosas brochetas de carne de llama. Si vais por allí, no dejéis de probarlas. El pueblo en sí no tenía mucho más, salvo una iglesia en lo alto desde la que se ve todo el poblado y a la que uno llega exhausto por la altitud a la que se encuentra todo.

Poblado de Machuca

Poblado de Machuca

¿La última parte del viaje? Mejor en otro post, que este ya se está alargando mucho…

¡Hasta pronto!

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